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Kozhukhin en el corazón de Mendelssohn

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     JUL. 30, 2026 (Fotos: ©Bernard Rosenberg)

La presencia de Félix Mendelssohn en un programa monográfico siempre invita a reflexionar sobre una de las paradojas más sugerentes del Romanticismo. Bajo una escritura de apariencia luminosa y una espontaneidad melódica casi inagotable se esconde un compositor de extraordinario rigor constructivo, heredero directo de Bach y profundamente consciente de la tradición clásica. La velada del 29 de julio en Pietrasanta in Concerto permitió recorrer tres facetas esenciales de ese universo creativo mediante la Sonata para violonchelo y piano n.º 2 en Re mayor, Op. 58, tres Romanzas sin palabras y el Trío para piano, violín y violonchelo n.º 2 en Do menor, Op. 66, un recorrido que fue revelando, progresivamente, la admirable síntesis entre lirismo y arquitectura que caracteriza la madurez del compositor hamburgués.

La Sonata Op. 58 abrió el concierto con Alexander Chaushian y Denis Kozhukhin compartiendo un discurso de absoluta compenetración. Mendelssohn concede al piano una función estructural decisiva, muy alejada del mero acompañamiento, mientras el violonchelo despliega un canto de ininterrumpida nobleza. Chaushian firmó una interpretación espléndida por la calidad de la emisión, la amplitud de su fraseo y la naturalidad con la que resolvió una escritura particularmente exigente. Su sonido mantuvo siempre cuerpo y profundidad, incluso en los momentos de mayor delicadeza, permitiendo que la línea melódica respirara con plena libertad.

Sin embargo, la gran personalidad artística de la noche fue Denis Kozhukhin. Pocos pianistas de la actualidad reúnen una técnica de semejante autoridad con una inteligencia musical tan refinada. Desde los primeros compases quedó patente que su aproximación a Mendelssohn nacía del conocimiento profundo de la partitura y de una extraordinaria capacidad para jerarquizar cada plano sonoro. Todo parecía encontrar su lugar exacto dentro de un discurso orgánico, donde el virtuosismo jamás reclamó protagonismo propio y quedó siempre subordinado a la lógica interna de la música.

Las tres Romanzas sin palabras, Op. 19 n.º 1, Op. 38 n.º 1 y Op. 38 n.º 2, constituyeron uno de los momentos más íntimos del concierto. Kozhukhin evitó cualquier tentación de sentimentalismo y construyó un canto pianístico de rara pureza, sostenido por un control admirable del color, de la respiración de la frase y del equilibrio entre melodía y acompañamiento. Cada una de estas miniaturas apareció como una condensación del universo poético mendelssohniano, donde la sencillez aparente es fruto de una elaboración extraordinariamente sofisticada.

El Trío Op. 66 reunió finalmente a Kozhukhin con Michael Guttman y Jing Zhao en una de las cimas indiscutibles de la música de cámara del siglo XIX. Michael Guttman elaboró un discurso de gran belleza expresiva, siempre atento a hacer perceptible la arquitectura de la obra y a mostrar con claridad la evolución de sus materiales temáticos. Esa visión estructural encontró un complemento ideal en Jing Zhao, cuya evolución artística continúa sorprendiendo año tras año. Su sonido posee hoy una profundidad y una riqueza tímbrica excepcionales, mientras que la solidez de su técnica le permite afrontar las mayores dificultades con una serenidad admirable. Más allá de la perfección instrumental, impresiona especialmente su capacidad para escuchar, integrarse en el conjunto y hacer que cada intervención nazca de una verdadera respiración colectiva.

La cohesión alcanzada por los tres intérpretes convirtió el Trío en una demostración de auténtica música de cámara, entendida como un espacio donde ninguna voz prevalece sobre las demás y donde la construcción del discurso pertenece por igual a todos los músicos. Precisamente por ello resultó todavía más evidente la extraordinaria contribución de Kozhukhin, cuya autoridad artística actuó como verdadero eje vertebrador de toda la velada.

Al término del concierto tuve la oportunidad de conversar con Denis Kozhukhin acerca de sus próximos proyectos y de la importancia que tuvo su formación en España dentro de su desarrollo musical. La impresión que transmite fuera del escenario coincide plenamente con la que deja desde el teclado, la de un músico reflexivo, culto y profundamente comprometido con el repertorio. Desde hace tiempo considero que ocupa un lugar privilegiado entre los pianistas más interesantes de su generación. La actuación ofrecida en Pietrasanta no hizo más que reafirmar esa convicción.

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