Julia Fischer y la nobleza del sonido
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ 29, OCT. 2026 (Foto: ©Toni Bofill)
La London Philharmonic Orchestra regresó al Palau de la Música Catalana bajo la dirección de su titular, Edward Gardner, con un programa que reunía tres aproximaciones musicales a la identidad y la memoria nacional, desde el preludio de El pessebre de Pau Casals hasta la Quinta sinfonía de Jean Sibelius, pasando por el Concierto para violín de Johannes Brahms. El principal atractivo de la velada residía en la presencia de Julia Fischer, una de las violinistas más reconocidas de su generación, que volvió a demostrar la solidez de una personalidad artística construida sobre el rigor técnico y una extraordinaria calidad sonora.
En el concierto de Brahms, Fischer ofreció una interpretación de notable consistencia. Su sonido, amplio, redondo y de gran nobleza, permitió abordar las exigencias de una escritura que obliga al solista a conjugar virtuosismo, densidad expresiva y una permanente complicidad con la orquesta. Especialmente interesante fue su capacidad para mantener la continuidad del discurso sin sacrificar la transparencia de las voces interiores. El Adagio encontró en su instrumento una expresión de particular belleza, mientras que el movimiento final permitió apreciar su seguridad rítmica y su dominio de la articulación.
Gardner condujo el conjunto con corrección, manteniendo una lectura equilibrada y suficientemente atenta a las necesidades del solista. La sección de cuerdas mostró un nivel especialmente elevado, con cohesión, calidad tímbrica y una respuesta conjunta convincente. Las maderas y los metales cumplieron adecuadamente, aunque con un margen de mejora en la definición y homogeneidad de algunos planos sonoros. La Quinta de Sibelius ofreció una conclusión de considerable dimensión sinfónica.
Hay, no obstante, una cuestión que merece atención institucional. Los conciertos entre semana no deberían comenzar a las 20 horas. Es un horario heredado de otra realidad social que apenas considera las condiciones actuales de movilidad y vivienda en Barcelona. Muchos espectadores deben recorrer largas distancias para regresar a casa. Las 19 horas deberían constituir el límite razonable, y las 18.30 serían todavía más adecuadas. Los conciertos programados a las 19 horas han demostrado contar con una excelente respuesta de público. No parece que exista, por tanto, una justificación convincente para mantener horarios que dificultan innecesariamente la asistencia.

