Triunfo del bel canto en el Liceu
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ NOV. 1, 2026 (Fotos: ©Toni Bofill)
Lisette Oropesa y Raffaella Lupinacci protagonizan una notable interpretación de I Capuleti e i Montecchi en el Gran Teatre del Liceu, bajo la dirección musical de Riccardo Frizza.
El Gran Teatre del Liceu recuperó el pasado 30 de octubre I Capuleti e i Montecchi, la tragedia lírica en dos actos que Vincenzo Bellini estrenó en La Fenice de Venecia en 1830. Una partitura de extraordinaria delicadeza melódica, en la que el compositor siciliano transforma el conflicto entre dos familias enfrentadas en un espacio de expresión para una de las escrituras vocales más refinadas del primer Romanticismo italiano. La representación reunió a dos intérpretes especialmente afines a este repertorio, Lisette Oropesa y Raffaella Lupinacci, cuya complicidad artística terminó convirtiéndose en uno de los principales atractivos de la noche.
Conviene recordar que la obra de Bellini y el libreto de Felice Romani mantienen una relación bastante libre con el universo dramático de Shakespeare. La tragedia se sitúa en el contexto de las disputas entre güelfos y gibelinos, y desplaza parte del protagonismo del amor romántico hacia las tensiones políticas, familiares y sociales que condenan a los protagonistas. Bellini encuentra en ese enfrentamiento el material idóneo para desplegar su particular concepción del melodismo: líneas vocales de amplio aliento, una ornamentación que debe responder siempre a la expresión y una continuidad musical en la que el tiempo dramático parece dilatarse. En este sentido, la dirección de Riccardo Frizza constituyó uno de los grandes aciertos de la representación. Su lectura atendió con especial sensibilidad a la respiración de las frases bellinianas, al equilibrio entre foso y voces y a la arquitectura de los grandes números concertantes. Frizza supo mantener la tensión dramática sin sacrificar la transparencia de la escritura, favoreciendo esa cualidad de suspensión temporal que caracteriza las mejores páginas del compositor. La Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu respondió correctamente a sus indicaciones, al igual que el coro, integrado con solvencia en el desarrollo de los distintos episodios colectivos.
Lisette Oropesa ofreció una Giulietta de gran categoría. Su instrumento, de notable flexibilidad y luminosidad, permitió recorrer las exigencias del personaje con elegancia, precisión y una expresividad cuidadosamente graduada. Especialmente memorable resultó «Oh! Quante volte», uno de los momentos culminantes de la partitura. La intervención de la soprano, acompañada por el arpa de Tiziana Tagliani, adquirió una intimidad extraordinaria. La delicadeza del fraseo, la naturalidad de las inflexiones y la sensibilidad con que Oropesa sostuvo las largas líneas melódicas encontraron en el acompañamiento instrumental un marco de singular belleza.

A su lado, Raffaella Lupinacci compuso un Romeo de notable consistencia vocal y dramática. La elección de una mezzosoprano para este personaje, de acuerdo con la tradición de los papeles travestidos, permite a Bellini explorar una particular afinidad tímbrica entre los dos protagonistas. Lupinacci aprovechó esa circunstancia con inteligencia, ofreciendo una interpretación de gran nobleza expresiva, sólida en el registro y especialmente convincente en los pasajes de mayor intensidad. Ambas cantantes protagonizaron una auténtica lección de bel canto, entendida como dominio de la respiración, legato, coloratura y capacidad para convertir la técnica en discurso dramático.
Iván Ayón Rivas aportó al reparto un Tebaldo de voz generosa, proyección destacada y considerable presencia. Su intervención confirmó las posibilidades de un instrumento que encontró en la escritura de Bellini un terreno propicio para su desarrollo. Alejandro López, como Capellio, y Marko Mimica, como Lorenzo, cerraron el elenco vocal.

La producción de Allex Aguilera, procedente de la Opéra Royal de Wallonie-Liège, ofreció, sin embargo, un resultado escénico bastante menos convincente. La propuesta, de planteamiento visual sobrio, no terminó de encontrar una verdadera correspondencia con la riqueza dramática y musical de la obra. El espejo de agua situado en la parte delantera del escenario, concebido como una metáfora del destino y la liberación trágica de Giulietta, apuntaba hacia posibilidades visuales y simbólicas interesantes que apenas llegaron a desarrollarse. También la disposición escénica, que mantenía a los intérpretes a una distancia considerable de la platea, dificultó esa proximidad emocional que resulta particularmente necesaria en una ópera cuya fuerza reside, en buena medida, en la intimidad del canto.
La velada dejó asimismo dos circunstancias que merecen una consideración. La recepción prevista con los artistas se suspendió debido a los días de duelo en relación al fatídico accidente en Urda, privando a la prensa de una oportunidad especialmente interesante para conocer de primera mano las experiencias de los intérpretes en esta producción. Por otra parte, el comienzo de la función a las 19.30 horas, con una duración aproximada de tres horas, situó su final en un horario poco favorable para quienes deben regresar a localidades alejadas de Barcelona. Una programación algo más temprana contribuiría a facilitar el acceso a la ópera de un público geográficamente más amplio.
La distancia entre la calidad de la interpretación musical y la discreción de la propuesta escénica acabó definiendo el carácter de la velada. Una producción que dejó sin desarrollar buena parte de su potencial teatral, pero que permitió escuchar, en las voces de Oropesa y Lupinacci y bajo la batuta de Frizza, la extraordinaria capacidad de Bellini para convertir el dolor en belleza.

