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Lear, La Devastación Sin Consuelo

Lear, la devastación sin consuelo

JOSÉ MARÍA GÁLVEZ     FEB.10, 2024 (Fotos: @Javier del Real)

El Teatro Real pone en escena por primera vez “Lear”, tercera de las óperas de Aribert Reimann (1936), basada en el drama shakespeariano de 1605 “El rey Lear”. Ópera que no iba a escribir como otros muchos si no fuera por la tozudez y tesón de aquél monstruo de la música que fue el barítono alemán Dietrich Fischer-Dieskau, protagonista de su estreno junto a la soprano Julia Varady que el año del estreno de “Lear” se convertiría en su mujer.

LA HERENCIA

Lear” nos cuenta como la codicia humana, casi redundante expresión, no conoce límites. Ni la familia, ni la amistad paran la cadena de injurias, felonías y crímenes, que acaban devorando a sus propios autores. Cómo un rey todopoderoso, decide ser condescendiente y repartir el reino entre sus tres hijas y para ello decide que la forma de hacerlo es conforme al grado de adulación que en ese momento alcancen. La mayor y la segunda adulan sin recato, ni vergüenza a su padre, recogiendo con placer su trozo de herencia en vida, y la pequeña de las hermanas solo acierta a decir “Ich liebe euch wie eine Tochter”, momento en el que el padre tiene un acceso de orgullo y locura y la repudia, por no matarla, dándosela al rey de Francia para casamiento si así lo quiere, para repartir su parte entre las sanguijuelas de sus hermanas, que no tardarán en sacarse la sangre entre ellas.

Lear, una vez despojado de sus responsabilidades como rey, se le despoja por parte de sus herederas de sus cualidades como persona, condenado sin juicio a vagar entre sombras en el monte tras las demoledoras palabras de su hija Goneril “Entlasse deine Männer, dan sollt du in Ruhe bei uns dem Tod entgegenwarten”, para caer tras él los que fueron sus leales, el conde de Kent, el conde de Gloucester y Edgar que transmuta en vagabundo para esconder su deshonra y humillación. La maldad, inquina, rabia contenida y que ahora explota, por parte de las hijas y hermanas hienas se sobrepone al orden establecido, sin que sepamos si ese era mejor o había llegado al poder de forma similar, cosa que no era ajena a las casas y dinastías reales. La ambición, soberbia y avaricia entre Goneril y Regan llevan a que ésta muera envenenada por su hermana mayor, sin que aquí termine el baño de sangre. Goneril acaba apuñalándose, suicidándose, ante la inevitable pérdida de su reinado. El drama es total cuando el rey Lear, ya sin sus criminales hijas, descubre que la única que le amó, la única que le fue fiel, ha sido asesinada por el bastardo de Edmun, personaje que encarna la mentira, la envidia, la falta de escrúpulos y el crimen para llegar al poder. Con el cuerpo muerto de su hija en los brazos se desploma la humanidad ante nuestros ojos.

CALIXTO

De la mano de Calixto Bieito esta devastación alcanza cotas magistrales. Bieito da una lección de profesionalidad y claridad de ideas junto a un equipo que ya le acompañó en anteriores ocasiones, como en la puesta en escena de “El ángel de fuego” de Sergéi Prokófiev (1891-1953) en la temporada 2021 – 2022, la escenógrafa Rebecca Ringst y como responsable de iluminación Franck Evin. Todo en este trabajo está medido y pensado. Con un material mínimo y el uso inteligente que se hace de él, el Director de escena nos conduce y mantiene desde un castillo o fortaleza inicial donde el rey reparte su herencia como si fuera trozos de pan que le echa a los perros, como tal recogen las agraciadas su mendrugo y en el que los muros no solo indican la seguridad ante el enemigo sino que nos transporta a un espacio cerrado que con el tiempo se hará irrespirable, hasta unas lamas horizontales símbolo de la red, que ellos mismos han tejido y en la que todos han caído para morir. El trabajo realizado con los cantantes es excelente y cada uno responde dando lo que se espera de él. 

LA PARTITURA. SUS VOCES

El trabajo de Bieito es resultado de un profundo conocimiento, no ya de la obra de Shakespeare sino de la obra de Reimann que aunque se perciban influencias de grandes autores anteriores a él, como Alban Berg o Bernd Alois Zimmermann, puede reconocerse como propia. Se trata de una partitura que va desde el cuarteto de cuerda hasta el tutti orquestal con un plantel de siete percusionistas que tienen un papel capital en la obra. El panorama operístico de la época en el que se enmarca la composición de ésta es el que va desde el estreno de “Die Soldaten” en 1965 de Bernd Alois Zimmermann (1918-1970) hasta la primera de las óperas de la heptalogía “Licht” de Karlheinz Stockhausen (1928-2007), se trata de “Donnerstag aus Licht” escrita entre 1978 y 1981, año en el que se estrenará en el Teatro de La Scala de Milán. Y entre medias dos óperas estrenadas el mismo año que “Lear”: “Paradise Lost” de Krzysztof Penderecki (1933-2020) y “Le Grand Macabre” de György Ligeti (1923-2006), todos ellos con voz propia y diferenciada. Es de Zimmermann de quien más pueden reconocerse influencias en la obra de Reimann, aunque también de un Penderecki anterior, el de “Die Teufel von Loudun” estrenada en 1969 y revisada en 1975. Influencias de las que el autor saca provecho como aprendizaje y de las que obtiene una partitura con voz propia que seguirá evolucionando en los años siguientes. Partitura densa, dificilísima, áspera y contundente, sin concesiones y por eso mismo brillante.

No es por tanto una obra con facilidades para los cantantes, los cuales no disponen de referencias para su línea vocal. Al frente del elenco está el barítono danés Bo Skovhus, buen conocedor del papel y que ha llegado a grabar con el Chor der Staatsoper Hamburg y la Philharmoniker Hamburg bajo la dirección de Simone Young, se desenvuelve con soltura y resolución a lo que contribuye su presencia escénica y, fundamentalmente, el manejo de su instrumento, yendo de lo autoritario, engreído y sobrado del inicio hasta el delicado y afectivo Lear despojado de las capas del poder, pasando por pasajes como el inicio de la tercera escena de la Parte Primera, “Blast, Winde, sprengt die Backen!” donde estremece transitando por los diferentes registros del dolor. Las hijas del rey, en las voces de Ángeles Blancas, soprano madrileña que da vida y muerte a la cruel Goneril, la soprano sueca Erika Sunnegardh como la venenosa y envenenada Regan y la dulce y sutil soprano danesa Susanne Elmark en el papel de Cordelia, la hija buena, están simplemente excelsas, en lo escénico y en lo vocal, con un juego de veces que van de lo dramático a lo lírico, del desgarro al aterciopelado susurro. Los maridos de las hijas del rey son el duque de Albany, el duque de Cornualles y el rey de Francia que cumplen adecuadamente su función en las voces del bajo-barítono Derek Welton, el tenor Michel Colvin y el bajo alemán Torben Jürgens respectivamente. El fiel amigo del rey, el conde de Gloucester, en la voz del bajo barítono estonio Lauri Vasar se nos ofrece de forma magistral, de timbre limpio y cuidado. Edgar, hijo legítimo del conde de Gloucester, está encarnado por el todoterreno del contratenor inglés Andrew Watts, salpicado de fragmentos serenos con otros de locura fingida y desgracia real en los que brilló especialmente. Tanto Lauri Vasar como Andrew Watts repiten papeles que ya habían representado junto a Bo Skovhus en la grabación de Simone Young antes mencionada. De la misma manera impuso su presencia escénica y vocal el tenor alemán Andreas Conrad como Edmund, hijo ilegítimo del mismo conde, hijo que, como he expresado al principio de esta crónica, encarna la mentira, la envidia, la falta de escrúpulos y el crimen para llegar al poder. El conde de Kent, otro de los fieles al rey incluso en los momentos iniciales cuando el rey no parece él, encuentra en el tenor holandés Kor-Jan Dusseljee una óptima opción, no siendo un papel de primera línea sí es un personaje vertebrador. Un gusto su timbre y matices. Mencionar por último el desempeño del actor alemán Ernst Alisch como bufón de la corte y fiel al rey.

Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real estuvieron más que acertados en la ejecución de una compleja obra que se representaba por vez primera cuarenta y seis años después de su estreno. Densidades, planos, matices, voces, intensidades, dinámicas, nada resultó fuera de lugar. Asher Fisch a cargo de la dirección de la orquesta y José Luis Basso a cargo de la preparación vocal del coro demostraron ser dos maestros a la altura del reto asumido.

BRAVO

Lear, sosteniendo el cuerpo aún caliente de su hija menor, devastado él y su reino, sin consuelo alguno a su obra, cae desplomado sobre Cordelia y muere. Se hace la oscuridad.

Y suenan los bravos. Cuando se dispone de un equipo vocal, una dirección de escena y una orquesta y coro que lo han dado todo, es notorio que partituras que sufren la estigmatización de lo malsonante, en el mejor de los casos, y donde se ha mostrado la miseria humana y la crueldad sobre nuestros semejantes, llegan al centro de un público no muy habitual de estos repertorios que agradece calurosamente el esfuerzo y desempeño.

Más información:

teatroreal.es

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