Los especialistas de la violencia
JOSÉ MARÍA GÁLVEZ JUN. 12, 2026 (Fotos: Javier Del Real)
En coproducción del Gran Teatre del Liceu, el Teatro Real, el Teatre Lliure y los Teatros del Canal, se estrenó el 15 de abril de este año en la Sala Fabià Puigserver del Teatre Lliure de Montjuïc y llega a Madrid a la Sala Roja Concha Velasco de los Teatros del Canal entre el 2 y el 14 de junio, con una puesta en escena que no escatima en casi nada para conseguir el impactante efecto que busca sobre el espectador, ‘Los estunmen’ del compositor vizcaíno Fernando Velázquez Sáiz.
Libreto y dirección de escena recae sobre dos conocidos actores de nuestras pantallas y escena, Nao Albet y Marcel Borràs. Por lo que ellos mismos cuentan en las escasas líneas del programa de mano, “Los Estunmen es la segunda parte de una trilogía temática que pone en diálogo prácticas de la Antigüedad con disciplinas de nuestro mundo contemporáneo…/…En esta ocasión, el cine y la ópera nos sirven para reflexionar sobre la violencia”.
El detonante de esta historia es el suicidio de un asesino, que antes de quitarse la vida se la quita a todo el que se ponga por delante, no dejó a nadie en pie en el escenario antes de volarse la cabeza y llenar el hueco de la escalera con su sangre. La violencia de este chico, esa violencia homicida, todas lo son, lleva a la desesperación a Evangelina, su madre, que quiere saber porqué pasó lo que pasó y poco a poco, según irá comprendiendo, su búsqueda se convertirá en venganza.
Los sustitutos del héroe
Estunmen toma su voz del vocablo alemán stuntman, que significa especialista (de cine), o lo que es lo mismo, los dobles que hacen las escenas arriesgadas en las películas, los profesionales del riesgo que sustituyen al héroe, al galán, para que no se dañe en la acción de las películas. Ya les hubiera gustado a Buster Keaton o Harold Lloyd disponer de alguno.
Estos sustitutos del héroe son los auténticos héroes, los que resisten en situaciones difíciles, los que caen por un precipicio, o desde un tren, o arden a lo bonzo, como la Evangelina que cierra la representación entre llamas, para que sea otro el que se lleve el reconocimiento de salvar la situación, sea cual sea ésta.
Estos sustitutos del héroe, que a lo largo de 110 minutos se van descubriendo más humanos, más sensibles, más inclusivos, más igualitarios, son los que muestran a la madre atormentada los caminos del auténtico héroe. Los caminos que revelan que esa violencia de las películas, y las mal llamadas plataformas y herramientas de comunicación en la sociedad actual que transmiten prototipos de éxito, de superación y, también, de superioridad, son la causa de la violencia trasladada al mundo real.
De Bayona a Tarantino
El autor de la música es Fernando Velázquez Sáiz, al que los propios Albet y Borrás definen en el programa de mano como “reconocido compositor de bandas sonoras”. Entre estas destaca la colaboración con Juan Antonio Bayona en cintas como “El orfanato”, “Lo imposible” o “Un monstruo viene a verme”. La música transcurre en el campo de lo esperado conociendo su trayectoria de bandas sonoras y otras música para la escena y la televisión. La música, para un reducido grupo instrumental (25 instrumentistas y 15 instrumentos), resalta en todo momento el espectáculo ideado por los libretistas, con la virtud, mutua, de que ni la escena interfiere distorsionando el discurso musical, ni la música sugiere sensaciones distintas que las que la escena quiere transmitir. Muchas son las referencias a músicas pretéritas, desde el barroco a Puccini, y a manifestaciones actuales como el rap, con el buen hacer de conseguir que el espectador digiera cada manifestación sonora como la apropiada en cada momento, al menos eso parecía por la reacción de una gran parte del público, y parecer que es resultado del propio discurso de la obra. Obra musical muy cinematográfica, con pocas secuencias herederas de la música no comercial, digámoslo así, del siglo XX y XXI, en la que entre el humor y la tragedia, entre arias para armas de fuego, mejor dicho, de fogueo, y el asesinato, no diré como, del maestro de la violencia en grandes cantidades, Quentin Tarantino, sostiene una acción que por espectacular no añade a la tragedia, y en la que el discurso musical tampoco sorprende, aunque se trate de una escritura de calidad en lo técnico y con matices bien trabajados, que se realzan por el trabajo del compositor en el podio de director.

Voces, voces y voces
Voces, voces y voces inundan el teatro. Voces de actores, nueve. Voces de especialistas, de sustitutos del héroe, ocho. Y voces de cantantes, cinco. Cantantes que doblaban el personaje a los actores en no poca extensión del espectáculo siendo el cantante el doble del actor, como un playback en cine: el actor o actriz hace como que canta y la voz se la pone otro, no como el recurso habitual de la ópera en la que actores doblan con su dramatización escénica al cantante que es el protagonista.
Entre los actores solo haré referencia a la actriz que representa el papel de Evangelina, Núria Lloansi, recorriendo los distintos registros que la madre del autor de la matanza inicial transita. Lo hace realmente encomiable. El resto de actores, hasta la pequeña Mael Borràs-Clotet, representan sus diversos papeles con credibilidad, que no realismo, ya que el desarrollo de la acción se aleja del realismo tras la escena de la carnicería. Mientras que en los cuadros escénicos en los que los especialistas son los conductores la dramatización pasa a un segundo plano, aunque no me pareció que esto fuera fundamental.
Evangelina, en lo vocal es la mezzosoprano valenciana Sandra Ferrández que posee un bello instrumento del que sabe extraer muy buen resultado. El contratenor sevillano Gabriel Díaz correcto entre tanto artificio sonoro que discurría a su alrededor. Los tenores Vicenç Esteve Madrid y José Ansaldi, defendieron con oficio y corrección sus papeles, mientras que el bajo Josep Ferrer lució un instrumento falto de color y de brillo.
JONDE
Veinticinco instrumentista de la Joven Orquesta Nacional de España, nuestra JONDE, dieron lo mejor de ellos, ya auténticos profesionales a pesar de su juventud, bajo la batuta del mejor conocedor de la obra, su autor: Fernando Velázquez, que supo transmitir a los músicos de la JONDE los ritmos, planos y colores de tan cinematográfica partitura.
A todo esto, Nao Albet y Marcel Borràs se reservan los papeles de maestros de ceremonias, narradores griegos, filósofos de la actualidad que enmarcan la historia que Evangelina cree que debe contar. Esa historia que ellos reciben en medio de un videojuego en el que la matanza indiscriminada era el objetivo. Habría que ver si lo han conseguido.

