Mozart sobre una tarta demasiado ligera
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ JUN. 6, 2025 (Fotos: ©David Ruano)
A escasas semanas del cierre de la temporada 2025-2026, el Gran Teatre del Liceu ha presentado una nueva producción de Le nozze di Figaro firmada por Marta Pazos que se sitúa entre las propuestas escénicamente más imaginativas y visualmente seductoras de los últimos años en el teatro barcelonés. La directora gallega construye un espectáculo exuberante, brillante y profundamente teatral que comprende perfectamente la naturaleza de la obra de Mozart: una comedia de apariencia ligera que esconde una compleja red de relaciones de poder, deseo, engaño y reconciliación.

El gran eje visual de la producción es una monumental tarta nupcial que domina el escenario durante toda la representación. La imagen resulta poderosa desde el primer instante y funciona simultáneamente como símbolo del matrimonio, del deseo y de las jerarquías sociales que articulan la trama. La idea posee, además, interesantes resonancias dentro de la escena contemporánea. Resulta inevitable recordar la producción de Adina de Rossini presentada en el Rossini Opera Festival de Pesaro en 2018, donde una gigantesca tarta nupcial constituía igualmente el núcleo arquitectónico de la acción. Del mismo modo, pueden encontrarse ecos visuales de la monumental instalación Wedding Cake de Joana Vasconcelos, presentada en 2023, una reflexión artística sobre el matrimonio, la feminidad y el ritual social. Sin embargo, Marta Pazos dota a este elemento de una función dramatúrgica propia, integrándolo plenamente en el discurso escénico de la obra.

La producción deslumbra especialmente por la extraordinaria calidad del vestuario diseñado por Agustín Petronio. Cada personaje posee una identidad visual perfectamente reconocible, construida con una imaginación desbordante y una notable coherencia estética. El trabajo de iluminación de Nuno Meira acompaña con eficacia la narración sin imponerse a ella, mientras que la presencia constante del cuerpo de bailarines aporta dinamismo y riqueza visual a una propuesta que nunca pierde ritmo ni capacidad de sorpresa.
Quizá la única oportunidad parcialmente desaprovechada reside precisamente en el tratamiento de la propia tarta. Siendo el gran símbolo de la producción, habría resultado fascinante contemplar su progresiva transformación a medida que avanzaba la función. El deterioro, la fragmentación o incluso el consumo progresivo de la estructura habrían reforzado todavía más la metáfora de unas relaciones humanas sometidas a tensiones constantes. La potencia conceptual de la imagen inicial parecía permitir ese desarrollo dramático.

En el apartado vocal, el primer reparto ofreció una prestación sencillamente espléndida. Sara Blanch volvió a demostrar por qué se ha convertido en una de las intérpretes mozartianas más interesantes de la actualidad, componiendo una Susanna de enorme inteligencia musical y teatral. Adriana González aportó nobleza, lirismo y una profunda humanidad a la Condesa, mientras que Andrè Schuen construyó un Conde de Almaviva lleno de presencia escénica y refinamiento estilístico. Luca Pisaroni, por su parte, ofreció un Figaro sólido, elegante y perfectamente dueño de los múltiples matices del personaje.

Mención aparte merece Julia Lezhneva. Su Cherubino fue una auténtica exhibición de musicalidad, imaginación y carisma escénico. Algunas variaciones introducidas en la escritura mozartiana, siempre realizadas con exquisito gusto y absoluta naturalidad, enriquecieron notablemente su interpretación y aportaron una frescura extraordinaria a un personaje que corre el riesgo de caer en ciertos convencionalismos. Junto a ellos brillaron igualmente Mireia Pintó, Roberto Scandiuzzi, Roger Padullés, Lucía García, Moisés Marín y Luis López Navarro, completando un reparto de gran homogeneidad y nivel artístico.

Si el escenario ofreció numerosas razones para el entusiasmo, el principal foco de decepción llegó desde el foso. Giovanni Antonini es un director admirable cuya trayectoria merece el máximo respeto y cuya contribución al repertorio barroco/clásico resulta indiscutible. Precisamente por ello sorprende que su lectura no lograra sostener la tensión dramática, la vitalidad y la energía que esta partitura exige durante sus más de tres horas de duración. Su dirección privilegió el detalle y la minuciosidad, pero perdió progresivamente impulso narrativo a medida que avanzaba la representación. A ello se sumó una decisión difícilmente justificable. Afrontar una ópera de estas dimensiones en una sala como el Liceu con una plantilla instrumental extraordinariamente reducida. La presencia de apenas tres violonchelos y dos contrabajos generó un desequilibrio sonoro evidente. No se trata aquí de cuestionar los criterios de interpretación históricamente informada, sino de asumir una realidad acústica elemental: el Liceu no es una sala de cámara. El resultado fue una sonoridad insuficiente, con una base orquestal demasiado ligera para sostener adecuadamente la riqueza de la escritura mozartiana. La transparencia se obtuvo a costa de sacrificar peso, profundidad e impacto sonoro.
La acumulación de ensayos y funciones en un período muy breve y la ausencia de rotaciones apreciables en determinadas secciones de la orquesta acabaron agravando el problema. Conforme avanzaba la velada, la sensación era la de una formación progresivamente fatigada. La chispa, la energía y la tensión interna que hacen de Le nozze di Figaro una maquinaria teatral perfecta fueron diluyéndose hasta desembocar en un tramo final musicalmente correcto, pero muy lejos de la electricidad que esta obra puede alcanzar.

Existe además una cuestión organizativa sobre la que convendría reflexionar seriamente. Programar una ópera de tres horas y media de duración con inicio a las 19:30 supone una exigencia excesiva tanto para los intérpretes como para el público. Funciones de esta envergadura deberían comenzar sensiblemente antes. Como muy tarde a las 18:00h. No es únicamente una cuestión de comodidad; también afecta al rendimiento artístico. La concentración del público, la frescura de los músicos y la capacidad de sostener la intensidad dramática hasta el último compás dependen en buena medida de ello.
La nueva producción de Le nozze di Figaro triunfa de manera incontestable en el terreno escénico. Su riqueza visual, la inteligencia de su planteamiento dramatúrgico y el excelente nivel del reparto convierten la propuesta en una de las citas más estimulantes de la temporada. Resulta una lástima que determinadas decisiones musicales y organizativas impidieran que la velada alcanzara la excelencia absoluta que, por momentos, parecía encontrarse al alcance de la mano.
