Pietrasanta in Concerto inaugura con magia y emoción

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ JUL. 19, 2025 (Fotos: Bernard Rosenberg)
Existen momentos en la vida en los que el arte irrumpe con tal intensidad que transforma nuestra percepción del tiempo, del lugar y de nosotros mismos. Eso fue exactamente lo que ocurrió durante mi reciente estancia en Pietrasanta, cuando fui invitado a un concierto tan exclusivo como secreto, una experiencia que rozó lo místico. En una sala exquisita de un hotel de lujo, decorada con la sobriedad elegante de las cosas verdaderas, tan solo diez personas fuimos testigos de un acontecimiento irrepetible. El violinista Maxim Vengerov y la pianista Polina Osetinskaya interpretaron para nosotros la Sonata para violín y piano de Shostakóvich. No hubo escenario, ni distancia, ni ornamento que interfiriera. Solo música en estado puro. La interpretación, tan abrumadora como emocionante, quedará grabada en mi memoria como uno de los momentos más íntimos y trascendentes que jamás he vivido.
Tras esa velada inolvidable, nos dirigimos al Claustro de Sant’Agostino, donde tuvo lugar el concierto inaugural del festival Pietrasanta in Concerto 2025. El director artístico, violinista y alma de este evento, Michael Guttman, dio la bienvenida con palabras sinceras y entusiastas que resumieron el espíritu del festival, es decir, cercanía, excelencia y amor profundo por la música. Guttman no solo programa, sino que construye comunidad. Con cada edición refuerza una idea poderosa, la música es un acto de generosidad, y Pietrasanta, un refugio para ella.
El concierto comenzó con una serie de joyas en forma de arreglos firmados por el primer violonchelo de la Orquesta de Cámara de Bruselas, Mario Villuendas. La selección, que incluyó Cádiz de Albéniz, una exquisita Romanza andaluza y una brillante Carmen Fantasy de Sarasate, fue interpretada por el magnífico violinista Pavel Berman. Su ejecución fue sencillamente prodigiosa. Dueño de una técnica deslumbrante y de una sensibilidad pocas veces vista, Berman ofreció un despliegue sonoro que equilibró precisión y lirismo con una naturalidad asombrosa. En un mundo saturado de virtuosismo vacío, escuchar a un artista que toca desde la honestidad y la emoción es un regalo.
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La segunda parte del concierto estuvo dedicada al Concierto para piano nº 2 en fa menor, op. 21 de Frédéric Chopin, en una versión para orquesta de cuerdas que, aunque discutible desde el punto de vista tímbrico, sirvió de lienzo para el talento de la pianista Vanessa Benelli Mosell. Su lectura fue sutil y delicada, con una claridad de articulación y una madurez interpretativa que calaron en lo más hondo del público. Mosell no impuso su voz, sino que se sumergió en el lenguaje íntimo de Chopin con respeto, poesía y una elegancia desbordante.
La noche terminó como solo terminan las veladas verdaderamente memorables. Músicos, organizadores, prensa e invitados compartimos mesa y conversación hasta bien entrada la madrugada. Risas, complicidad y una sensación compartida de haber vivido algo único. Guttman ha tejido en Pietrasanta mucho más que un festival. Ha creado una familia artística, un espacio donde la excelencia convive con la calidez, y donde el arte, lejos de los focos grandilocuentes, se expresa con verdad. Un modelo a imitar. Una lección que no se olvida.

