Una noche para la memoria en Trequanda
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ JUN. 24, 2026 (Fotos: ©Rossella Mele)
Entre los numerosos conciertos que han conformado la edición de 2026 del Cacciaconti Music Festival, el celebrado el 23 de junio en la Iglesia de los Santos Pietro e Andrea de Trequanda quedará, sin duda, como uno de los acontecimientos musicales más significativos del certamen. No solamente por la extraordinaria calidad de los intérpretes convocados —Ariana Kim, Pierre Génisson y Roberto Prosseda, con Cosimo Carovani como narrador—, sino también por una circunstancia que el propio festival debería considerar con atención para futuras ediciones: la excepcional idoneidad acústica de este templo para la música de cámara.
La iglesia registró la mayor afluencia de público de todo el festival, y no resulta difícil comprender por qué. Cuando el espacio se encuentra ocupado por oyentes, la acústica adquiere una calidez, una claridad y una capacidad de proyección ideales tanto para los músicos como para el público. Frente a ello, los conciertos al aire libre, tan frecuentes en los festivales estivales, suelen perjudicar por igual a intérpretes y oyentes, privando a la música de la resonancia natural y de la concentración sonora que requiere. La velada de Trequanda fue una demostración irrefutable de ello.
El programa era tan inteligente como ambicioso. Reunir en una misma noche los Contrasti de Béla Bartók, The Klezmer Wedding de Srul Irving Glick y L’Histoire du Soldat de Igor Stravinsky suponía recorrer algunos de los territorios más fascinantes del siglo XX; la reelaboración de las tradiciones populares, la influencia de la música judía centroeuropea y la renovación radical de las formas narrativas y camerísticas. Un repertorio de enorme exigencia técnica, estilística y expresiva que requería intérpretes de primer orden.
Y los tuvo.

Ariana Kim confirmó una vez más que es una de las violinistas más extraordinarias de su generación. En Bartók desplegó una combinación admirable de precisión rítmica, virtuosismo y comprensión idiomática. Sin embargo, fue especialmente en Stravinsky donde alcanzó cotas sobresalientes. En L’Histoire du Soldat, obra en la que el violín representa simbólicamente al diablo y se convierte en uno de los auténticos protagonistas dramáticos, Kim asumió un papel central con una autoridad impresionante. Su sonido, poderoso sin perder refinamiento, unido a una técnica absolutamente segura, permitió escuchar cada una de las múltiples metamorfosis expresivas de la partitura con una claridad admirable.

Si Ariana Kim fue extraordinaria, Pierre Génisson estuvo sencillamente deslumbrante. Para muchos melómanos —entre los que me encuentro— es el clarinetista más completo de la actualidad, y esta velada ofreció sobradas razones para sostener tal afirmación. Su control técnico parece no conocer límites; la riqueza de colores, la flexibilidad dinámica, la elegancia del fraseo y la naturalidad de su musicalidad lo sitúan en una categoría excepcional. Particularmente memorable resultó su interpretación de The Klezmer Wedding de Srul Irving Glick. Esta fascinante obra, escrita en 1996, constituye una recreación personal del universo sonoro klezmer, como una auténtica síntesis entre tradición judía y lenguaje de concierto contemporáneo. Génisson supo capturar simultáneamente la dimensión festiva, la nostalgia subyacente y el inconfundible carácter vocal de esta música. Hubo momentos en los que el clarinete parecía literalmente cantar, evocando la figura ancestral del klezmer con una autenticidad conmovedora.

Al piano, Roberto Prosseda volvió a demostrar por qué es uno de los músicos más inteligentes y completos del panorama internacional. Su contribución fue mucho más que un acompañamiento. En cada obra construyó un discurso perfectamente articulado, siempre atento a la arquitectura formal y al equilibrio camerístico. Brillante cuando la escritura lo requería, sutil en los pasajes más delicados y constantemente atento a la respiración colectiva del conjunto, Prosseda ofreció una auténtica lección de musicalidad.

La única reserva de la noche afectó al apartado narrativo de L’Histoire du Soldat. Cosimo Carovani realizó una recitación muy correcta y eficaz; sin embargo, la decisión de hacerlo en dos idiomas, inglés e italiano, terminó fragmentando la continuidad dramática de la obra. En una partitura cuya fuerza reside precisamente en la perfecta integración entre música y palabra, esta duplicación lingüística introdujo interrupciones innecesarias. Habría resultado mucho más eficaz mantener la narración íntegramente en italiano e incluir una traducción inglesa en el programa de mano.
Pese a este detalle, la impresión global fue la de asistir a una de esas raras veladas en las que repertorio, intérpretes, espacio acústico y recepción del público convergen de manera casi perfecta. Un concierto que justificó por sí solo el viaje a Trequanda y que confirmó, con absoluta claridad, el enorme potencial artístico del festival.

