La elegancia en el tiempo
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ MAR. 21, 2026 (Fotos: ©Toni Bofill)
El recital de Juan Diego Flórez en el Gran Teatre del Liceu, acompañado por Vincenzo Scalera el 19 de marzo, tuvo la inteligencia de no entregarse desde el comienzo a la comodidad del aplauso. El programa abrió con Mozart y, con ello, con una zona de máxima exposición, allí donde el tenor se enfrenta a la desnudez del estilo, al control del fiato, a la exactitud del acento y a esa nobleza de línea que no admite subterfugios. Misero! O sogno… Aura che intorno y las dos arias de La clemenza di Tito situaron la velada en un terreno comprometido, y Flórez lo atravesó con concentración visible, con una prudencia casi táctil, como quien escucha primero el estado íntimo del instrumento antes de abandonarse del todo a él.
Hubo en esa primera parte algo más interesante que una simple desigualdad inicial. La voz ya no vive del resplandor invulnerable de otros años, pero conserva un sello de elegancia tan reconocible que incluso sus cautelas se vuelven estilísticamente significativas. Flórez frasea con una inteligencia que sigue distinguiéndolo de casi todos. El sonido puede estrecharse, la emisión puede delatar un punto de fatiga en las zonas más expuestas, pero la línea permanece. Y esa permanencia, en un cantante cuya carrera ha estado tan ligada a la belleza de la forma, posee hoy un valor particular. Rossini y Boieldieu permitieron apreciar mejor esa transición hacia una mayor soltura. En Le Sylvain, en Quell’alme pupille y en Viens, gentille dame, el recital empezó a abrirse desde dentro.

La segunda mitad confirmó esa evolución. Con Chapí, Vives y Serrano, Flórez encontró una cercanía más franca con el público y una flexibilidad expresiva menos vigilada. En Massenet y Gounod apareció ya claramente un cantante mejor asentado en la noche, más dispuesto al abandono lírico, más persuasivo en el color y en el dibujo del arco melódico. El Verdi final, La mia letizia infondere… Come poteva un angelo, cerró la velada con una nobleza serena que tenía algo de recapitulación artística, la de un tenor que ha sabido convertir el paso del tiempo en escuela de estilo.
Vincenzo Scalera fue, como tantas veces, mucho más que un acompañante. Su presencia al piano dio solidez, respiración y memoria a toda la noche, y sus intervenciones solistas, la bagatela rossiniana, la Mazurka glissando de Lecuona y la tercera Consolation de Liszt, aportaron un contrapunto de distinción y musicalidad madura.
Y luego llegó la guitarra, con la que Flórez pareció desprenderse de las últimas reservas. Los bises incluyeron I’ te vurria vasà, La flor de la canela, Fina estampa y Cucurrucucú paloma. Allí la velada encontró su temperatura emocional definitiva. Más que un añadido folclórico, fue la revelación de otra verdad del artista, la intimidad como forma final del canto.

