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La Hora Exacta Del Canto

La hora exacta del canto

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     ABR. 21, 2026 (Fotos: ©Toni Bofill)

La gala lírica del 19 de abril en el Liceu dejó algo más valioso que una simple suma de páginas célebres. Dejó la impresión de una velada construida desde la antigua fe en la voz, en su capacidad para ordenar el tiempo, ennoblecer el espacio y suspender, durante unas horas, la trivialidad del mundo. Hay conciertos que se recuerdan por un detalle, por un agudo, por un aplauso final. Este perteneció a otra categoría. Su memoria queda ligada a una idea más amplia, la del canto entendido como arte de la línea, de la respiración interior y de la verdad musical.

El programa, admirablemente dispuesto, permitía recorrer distintas modulaciones del bel canto y su descendencia sentimental. Pretty Yende y Xabier Anduaga comparecieron con entrega y con oficio, cada uno fiel a su naturaleza artística. Yende mostró elegancia, soltura escénica y un gusto refinado para las inflexiones de la frase. En “Quel guardo il cavaliere” encontró esa ligereza vivaz que convierte la coquetería en estilo, y más adelante, en “Je veux vivre” y en la csárdás “Klänge der Heimat”, dejó momentos de auténtico brillo, allí donde la gracia, el temperamento y la agilidad se reunían con mayor plenitud. Hubo belleza en su canto y hubo intención teatral, que en una velada de este género constituye una virtud esencial.

Pero la noche terminó girando alrededor de Xabier Anduaga. Desde “Ah! Mes amis” se advirtió que el tenor vasco atravesaba una de esas horas privilegiadas en las que la técnica, la inspiración y el estado físico convergen de forma casi ideal. El arranque fue extraordinario. La voz salió franca, esmaltada, luminosa, con una seguridad que no necesitó exhibirse para imponerse. En “Tombe degli avi miei” y “Fra poco a me ricovero” apareció un canto de mayor densidad expresiva, más oscuro de color, sostenido por una musicalidad superior. Luego, en “De’ miei bollenti spiriti” y “Oh mio rimorso”, Anduaga reafirmó su autoridad con una combinación infrecuente de impulso juvenil y control maduro. Y en “La donna è mobile” hizo algo muy difícil, devolver dignidad musical a una página tantas veces malgastada por el exceso de familiaridad. Hubo en él intensidad, potencia, squillo, facilidad en el agudo, pero sobre todo hubo línea, intención y una rara nobleza en la emisión.

En un recital así conviene detenerse también en la pianista. Vanessa García Diepa fue mucho más que una acompañante. Su presencia articuló la velada desde dentro. Tocó con inteligencia, con respiración teatral y con una sensibilidad finísima para sostener, recoger e impulsar a los cantantes. En la “Méditation” de Thaïs y en el Intermezzo de Manon Lescaut reveló además una imaginación sonora de primer orden. Supo crear atmósferas, tender silencios, modelar el pulso con una autoridad discreta y profundamente musical.

Y luego estuvo la hora. Las seis de la tarde. ¡Qué acierto! El oído escucha a esa hora con mayor pureza, el cuerpo aún conserva energía, la mente llega intacta. Todo concierto, toda ópera, debería empezar a las 18.00. No solamente los domingos. Hay una forma de civilización también en eso. Una sabiduría del tiempo. El Liceu, por una tarde, la encontró. El Palau debería tomar nota.

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