Romanticismo y técnica en una noche de gala
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ NOV. 10, 2025 (Fotos: ©Sergi Panizo)
El 9 de noviembre de 2025 el Gran Teatre del Liceu se convirtió en un atlas de escuelas y acentos de la danza. La Gran Gala reunió a intérpretes de compañías faro y articuló un itinerario que iba de Petipa a Balanchine con respiraciones de MacMillan, Cranko y una pincelada contemporánea del Ballet de Catalunya. El marco no fue un simple escaparate. Fue una tesis sobre la continuidad de un repertorio que, cuando se baila con verdad, vuelve a parecer nuevo cada vez. El programa mismo declaraba esa ambición de genealogía y la voluntad de Barcelona de inscribirse con voz propia en el mapa internacional, no como excepción sino como hábito cultural.
La velada tuvo nombres que encendieron la sala. Hannah O’Neill y Friedemann Vogel llevaron Onegin al territorio donde la técnica respira como dicción y el fraseo se vuelve relato, una lectura que unió escuela francesa y densidad alemana con naturalidad de seda. ‘Madama Butterfly’ encontró en Yuriko Kajiya y Connor Walsh una poética del detalle que evitó el subrayado y confió en la musicalidad de la cintura y del peso. ‘Don Quijote’ cerró con el brío exacto de Maria Khoreva y Julian MacKay, fiesta de virtuosismo que no perdió nobleza en el brillo.

‘El Lago’ mostró dos rostros. Chloe Misseldine y Joo Won Ahn ofrecieron un Cisne negro de líneas transparentes y riesgo controlado, confirmando la apuesta por intérpretes del American Ballet Theatre. La otra gran aparición de Tchaikovsky en la noche correspondió al tándem del English National Ballet, Sangeun Lee y Gareth Haw, que ya figuraban en el reparto de la gala, y cuya elegancia y pulso rítmico anclaron el clasicismo sin rigidez.
Quedó el enigma de ‘Souvenir’. La pieza se encomendó a unos extraordinarios Ellen Mäkelä y Paolo Calò, firma de Vincenzo Timpa y partitura de Tchaikovsky. La danza vivida, sin embargo, dejó la impronta de Sangeun Lee y Gareth Haw en una lectura de sobriedad luminosa. La discrepancia es menor frente a la sensación de conjunto. Lo esencial fue el tono de excelencia que la gala aspiraba a fijar como norma.
La Orquesta Sinfónica del Liceu sostuvo la noche con un nivel más que solvente y una dirección musical correcta, equilibrio nada trivial cuando la escena exige respiraciones distintas en cada entrada. El cartel hacía explícita la participación del propio Liceu y del Ballet de Catalunya como anfitrión y músculo logístico, prueba de una vocación de ciudad que entiende la danza como lenguaje y no como ocasional lujo.

Hubo, no obstante, dos sombras que conviene anotar. A la entrada, un pequeño grupo de manifestantes apenas una decena recordó que el escenario nunca está aislado del mundo y que las biografías de los artistas dialogan con la historia que late fuera. Dentro, algunas piezas recurrieron a grabaciones de calidad discreta y a una amplificación que no alcanza el estándar acústico del teatro. La danza a cuerpo vivo pide orquesta porque la cuerda del arco y el arco del cuerpo comparten la misma respiración.
El balance se inclina con claridad hacia lo memorable. Pocas veces se han reunido tantas figuras de altísimo nivel en la Rambla con semejante mezcla de romanticismo, técnica impecable y gesto hermoso. La noche fue extraordinaria y dejó una conclusión sencilla y exigente a la vez. La danza debería ser una constante en el Liceu. No por capricho, sino porque una ciudad madura se reconoce en aquello que decide sostener en el tiempo.

