El Liceu estrena su Año Nuevo
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ ENE. 5, 2026 (Foto: ©A. Bofill)
El primer Concierto de Año Nuevo del Gran Teatre del Liceu se presentó como una cita cargada de significado, no solo por inaugurar una tradición largamente deseada, sino también por cerrar, con música y ambición artística, un episodio reciente de controversia en torno al uso del coliseo. La velada aspiraba a reconciliar al teatro con su público mediante una propuesta de alto perfil lírico y una clara vocación simbólica.
La cancelación de Saioa Hernández, anunciada con franqueza desde el escenario, obligó a reconfigurar el equilibrio vocal de la noche. En su lugar comparecieron Alexandra Zabala, miembro del Coro del Liceu, y Laura Brasó, ganadora del último Concurso Internacional de Canto de Logroño. Esta circunstancia, inicialmente percibida como un contratiempo, terminó por aportar un interesante contrapunto generacional a un programa concebido para el lucimiento de grandes voces.
La formación orquestal, integrada por músicos de la Simfònica del Gran Teatre del Liceu y de la Orchestra del Teatro La Fenice de Venecia, evocó de manera elocuente la historia compartida de ambos coliseos, marcados por incendios devastadores y posteriores reconstrucciones. Bajo la dirección de Riccardo Frizza, profundo conocedor del repertorio italiano, el conjunto ofreció un sonido empastado, flexible y de cuidada elegancia estilística. La ausencia del Coro del Liceu, sin embargo, se dejó sentir en una velada que aspiraba a la celebración colectiva y a la plenitud sonora.
El programa se inclinó de forma significativa hacia las páginas sinfónicas, con preludios e intermedios de Rossini, Donizetti, Verdi, Bellini y Puccini. La calidad de la ejecución fue incuestionable, pero el predominio de lo instrumental planteó una reflexión inevitable. En un concierto de vocación lírica, las voces deberían ocupar un lugar central, relegando los fragmentos orquestales a un papel de apoyo y no de protagonismo. Es un aspecto que, con el paso de los años, deberá pulirse si se desea consolidar esta cita como un referente.
En este contexto, Xabier Anduaga se erigió en el eje artístico indiscutible de la noche. Su irrupción con el aria de los nueve Do de pecho de La fille du régiment fue sencillamente espectacular. Más allá del impacto inmediato, impresionó la naturalidad con la que afrontó una de las páginas más exigentes del repertorio tenoril, combinando seguridad técnica, brillantez tímbrica y una alegría comunicativa que electrizó a la sala. A partir de ahí, su canto mantuvo un altísimo nivel, culminando en una versión memorable de No puede ser de La tabernera del puerto, donde el fraseo y la intensidad dramática alcanzaron una madurez admirable.
Laura Brasó, por su parte, fue ganando presencia a lo largo de la velada, afirmando progresivamente su voz y su personalidad escénica. El dúo final de La Bohème, compartido con Anduaga, y el brindis de La Traviata como propina cerraron una noche que, con sus luces y ajustes pendientes, dejó claro que el Liceu posee los mimbres necesarios para construir una nueva tradición de alto nivel artístico.

