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Jansen Antológica Y Schiff Magistral En Torroella

Jansen antológica y Schiff magistral en Torroella

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     AGO. 11, 2025 (Fotos: ©Roger Lleixà/ Festival Torroella)

El 10 de agosto de 2025 Torroella vivió una de esas raras alineaciones en las que el calendario y la memoria pactan para que la música se vuelva relato. Dos conciertos consecutivos —la Camerata Salzburg con Janine Jansen y un recital de Sir András Schiff— propusieron un viaje que comenzó en el orden severo de Bach, atravesó la efusión romántica de Mendelssohn y desembocó en la depuración clasicista de la Primera Escuela de Viena. Hubo momentos de pura antología, de esos que obligan a repensar lo que se cree conocer, y un público que comprendió, desde las primeras notas, que estaba presenciando algo irrepetible.

En el centro gravitaba el ‘Concierto para violín núm. 2 en mi menor, Op. 64’, de Mendelssohn. Janine Jansen entró en el Allegro molto appassionato con una energía que no era mera fuerza física, sino impulso contenido, dirección clara y una convicción casi arquitectónica. Su ataque fue limpio, el arco medido con una precisión quirúrgica, el vibrato controlado como un matiz más de la paleta, nunca como adorno superfluo. Cada frase respiró con naturalidad, moldeada sin afectación, creciendo hasta la cadenza con un sentido estructural que trascendía la exhibición técnica. Afinación impecable, doble cuerda robusta y un fraseo que se incrustó en la orquesta como una voz necesaria y no como un protagonista aislado.

En el Andante se reveló la Jansen más íntima. El legato fluía con una serenidad que parecía suspendida en el aire, un canto casi instrumental que rehuyó la complacencia sentimental. Dialogó con las maderas y los bajos con la humildad de quien sabe que Mendelssohn no necesita más que transparencia para brillar. Allí donde otros se precipitan hacia la dulzura, ella eligió la nobleza del matiz, el lirismo que se sostiene en una respiración amplia, la tensión justa para que la melodía conserve su dignidad.

El Allegro molto vivace final fue un estallido de articulación precisa y alegría luminosa. Staccati firmes, spiccati que flotaban como si la gravedad fuese opcional, tempi ágiles pero sin urgencia gratuita. La transición al modo mayor se desplegó como una apertura de ventanas, con un sol que entraba a raudales. La Camerata, bajo el liderazgo sólido y elegante de Gregory Ahss, fue una máquina de precisión, pero también un organismo vivo. Lo que se escuchó fue una lectura que combinaba brío, inteligencia y una frescura que hacía olvidar la familiaridad de la partitura. Fue, sin exagerar, una interpretación para la historia. El bis fue el Presto, del Verano, de ‘Las Cuatro Estaciones’ de Vivaldi a un tempo insospechado. Tuvimos la fortuna de hablar con Jansen tras su interpretación e irradiaba felicidad. Ella era luz.

El concierto se había abierto con el Ricercar a seis de ‘La ofrenda musical BWV 1079’ en la versión de Shane Woodborne, donde la Camerata mostró su control del contrapunto y su habilidad para hacer que Bach suene vivo. Y tras el Concierto, la ‘Italiana’ de Mendelssohn brilló con movimientos plenos de carácter, un arranque soleado, un segundo movimiento de paso procesional sobrio, un Minuetto de elegancia danzable y un Saltarello final que equilibró ligereza y filo rítmico con precisión casi pictórica.

La segunda parte de la jornada –entiéndase segundo concierto– la firmó Sir András Schiff, que desde la pandemia se resiste a anunciar sus programas. Prefiere, como escribe en su libro ‘Musik kommt aus der Stille’, cocinar un menú musical instintivo y servírselo al público sin que este sepa de antemano qué probará. Desde el escenario, presentó y contextualizó cada obra, hilando a Bach, Haydn, Mozart y Beethoven con una continuidad casi orgánica. Su Bach fue sobrio y luminoso, con articulación que cantaba más que declamaba. Haydn apareció con ironía controlada y precisión de relojero, Mozart con transparencia cristalina, Beethoven con un pulso interno que evitó todo exceso heroico para concentrarse en la arquitectura. Schiff se movió con esa mezcla de humildad y autoridad que solo poseen los grandes, el virtuosismo estuvo siempre al servicio del estilo, la técnica fue invisible y el discurso, inevitable. En sus manos, la Primera Escuela de Viena no fue un museo, sino un espacio habitable y lleno de respiración. En los bises aparecieron Brahms y Chopin.

Las ovaciones finales de ambos conciertos, prolongadas y cálidas, cerraron una jornada que no se recordará como la suma de dos éxitos, sino como la prueba de que, cuando el arte alcanza ese grado de concentración y entrega, el tiempo se detiene y la música se convierte en algo más que sonido. En Torroella, ese día, fue memoria viva.

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