Pergolesi y Purcell sin pulso

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ AGO. 10, 2025 (Foto: Roger Lleixà/ Festival de Torroella)
En la serena noche de Torroella, con las piedras del casco antiguo todavía calientes por el día, el programa que ofreció Armonico Consort presentó una dicotomía entre intención y resultado. La elección de Pergolesi y Purcell prometía un viaje entre la intensidad religiosa del barroco italiano y la teatralidad lírica de la Inglaterra de finales del siglo XVII. Sobre el papel la combinación era idónea para un festival que sabe conjugar responsabilidad histórica y atractivo para un público exigente. En la práctica, la velada ofreció ciertos destellos de belleza junto a numerosas deficiencias que impidieron que la lectura alcanzara la coherencia que ambas obras exigen.
En el ‘Stabat Mater’ de Pergolesi las sopranos Hannah Fraser-Mackenzie y Eloise Irving estuvieron correctas. Sus líneas flotaron con un timbre claro y una honestidad expresiva que lograba conmover aun cuando la textura orquestal no siempre acompañaba con la misma solvencia.
El problema mayor no residió en la voz humana sino en el diseño sonoro. La plantilla instrumental resultó insuficiente para el efecto que el conjunto quería proyectar. En repertorios de cámara histórica la economía de medios puede convertirse en virtud si cada músico posee la nitidez y el gusto de un solista de cámara. No fue este el caso. Hubo pasajes en que la cuerda aguda sonó desafinada, y ciertos acordes -por no decir muchos- no encontraron la resonancia que pide el pergoliano lamento. Llamó la atención que en las pausas entre movimientos el director, Christopher Monks, no aprovechara esos momentos para ordenar ajustes o correcciones. La ausencia de estas intervenciones, aparentemente simples, dejó al oyente con la impresión de una falta de escucha común en el podio, una omisión que terminó por penalizar el fraseo y la frase musical.
En la segunda parte, con ‘Dido and Aeneas’, se recuperaron instantes de cierta gracia y teatralidad. La dirección escénica sonora supo en algunos episodios recrear la arcaica elegancia purcelliana, y la expresividad vocal alcanzó episodios de cierto encanto. Sin embargo la sección instrumental volvió a mostrar limitaciones. La música de Purcell exige un continuo flexible, colorido y, sobre todo, preciso, fuerte y con carácter. Cuando el conjunto no alcanza ese grado de brillantez, la articulación retórica del drama se diluye y la tragedia de Dido pierde parte de su dramatismo original.
Quizá la cuestión de fondo sea una decisión de recursos que busca eficiencia pero que, en este caso, se reveló improductiva. Menos músicos no es sinónimo de mejor música si no se alinean criterios de afinación, empaste y control dinámico. El festival ofrece audiencias sofisticadas y condiciones acústicas que piden transparencia y proyección. Por fortuna el calendario reserva próximas citas con la Camerata Salzburg, con Janine Jansen y con András Schiff, que seguramente restituirán el nivel de pulso orquestal y de refinamiento interpretativo que el público de Torroella merece.
