Una fábula checa inaugura el Liceu
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ SEP. 26, 2025 (Fotos: @David Ruano)
El lunes 22 de septiembre el Gran Teatre del Liceu abrió la temporada 25-26 con ‘La zorrita astuta’ de Leoš Janáček. La elección sorprendió por su rareza para una velada de apertura, donde el público suele esperar grandes himnos del repertorio decimonónico. La ópera del maestro checo, sin embargo, se impuso como una meditación sobre la vida, la naturaleza y la muerte, una parábola que entrelaza lo animal y lo humano en un mismo pulso vital.
La música fue el verdadero eje de la noche. Josep Pons condujo a la Orquesta Sinfónica del Liceu con una claridad de líneas y una riqueza de matices que revelaron la extraordinaria escritura de Janáček. En sus manos la partitura adquirió una frescura urgente, hecha de ritmos quebrados, timbres insólitos y una energía que oscilaba entre lo lírico y lo abrupto. La orquesta respondió con una entrega que convirtió el foso en el espacio de mayor fulgor. Allí estuvo la emoción, allí la verdad de este estreno.
El reparto vocal se movió en un registro correcto. Peter Mattei otorgó nobleza al guardabosques, Elena Tsallagova dibujó una zorrita de línea elegante y Paula Murrihy aportó humanidad a su zorro compañero. Hubo precisión y oficio en los papeles secundarios, con intervenciones sólidas de David Alegret y Alejandro López. El coro infantil del Orfeó Català iluminó la partitura con frescura y el coro titular se mantuvo en su sitio con discreción. Ninguna voz alcanzó la dimensión del acontecimiento, aunque tampoco hubo fisuras que distrajeran del discurso musical.

La producción de Barrie Kosky, repuesta por Andreas Weirich, se mantuvo en un plano eficaz sin exceder el marco de la corrección. El bosque no apareció como decorado naturalista sino como una abstracción teñida de sobriedad. Los animales no fueron caricaturas sino figuras humanas vestidas de colores frente a los humanos de riguroso negro. El gesto pretendía trascender el panteísmo fácil y acercar la obra a una alegoría contemporánea sobre la pérdida, la memoria y la renovación. Funcionó con dignidad aunque sin alcanzar un grado de revelación escénica.
Queda la pregunta inevitable. ¿Era este el título que debía inaugurar una temporada en un teatro que celebra sus ritos con un peso histórico tan marcado? El instinto lleva a responder que no. Pero la música de Janáček, tan poderosa en su brevedad, tan original en su respiración rítmica y su paleta instrumental, hizo olvidar pronto la duda. La inauguración no brilló como gala, brilló como lección. El Liceu eligió comenzar el curso con una reflexión sobre lo efímero y sobre la vida que renace aun en medio de la muerte.
