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Vengerov Y El Vértigo De Lo Irrepetible En El Palau

Vengerov y el vértigo de lo irrepetible en el Palau

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     NOV. 10, 2025 (Fotos: ©Toni Bofill)

El 6 de noviembre de 2025 el Palau de la Música Catalana vivió una de esas noches que justifican una temporada entera. Maxim Vengerov, a quien tuve el privilegio de saludar este verano en el Festival de Pietrasanta, confirmó lo que su leyenda ya anunciaba. Sigue siendo hoy uno de los violinistas decisivos de nuestro tiempo. La Orquesta Filarmónica de Tokio y Myung Whun Chung completaron un triángulo de alta tensión artística que convirtió el concierto en acontecimiento.

El ‘Concierto en re mayor’ de Chaikovski encontró a Vengerov en estado de gracia. Imponente y descomunal, su lectura conjugó fuego y control, amplitud cantabile y una arquitectura interna trazada con tiralíneas. Pocas veces se escucha un primer movimiento tan dueño de la respiración y del arco narrativo, una Canzonetta sostenida en el hilo del bel canto sin perder hondura, un Finale con esa mezcla de ímpetu y claridad que evita el exceso y deja al descubierto la perfección del diseño. Más que virtuosismo hubo autoridad musical. La orquesta acompañó con atención y pulso, y Chung supo retirarse un paso para permitir que el solista respirara sin sacrificar el tejido.

La segunda mitad cambió el paisaje. ‘La Consagración de la Primavera’ de Stravinsky se alzó como una catedral rítmica. Chung mostró oficio y talento extraordinarios. Marcó planos con mano poética y pulso firme, evitó la brutalidad fácil y preservó la lógica interna de la partitura. La Filarmónica de Tokio lució un sonido brillante y un instinto rítmico admirable. Hubo, sin embargo, pasajes que pedían una paleta cromática más profunda, maderas con sombras más densas y metales de grano menos uniforme. Lo esencial se mantuvo. La tensión acumulada, la respiración del conjunto, la claridad de la trama. El sacrificio final llegó con el peso simbólico que esta obra exige cuando se entiende desde dentro.

Los bises redondearon el arco emocional de la noche. Vengerov regaló el ‘Adagio de la Sonata en sol menor BWV 1001’ de Bach, una plegaria de pura línea que recordó que el virtuosismo verdadero se mide en el silencio entre notas. La orquesta, aún en llamas, ofreció la ‘Danza de la tierra’, última escena de la primera parte de ‘La Consagración’, estallido final que selló la velada con un latido telúrico.

Queda la memoria de un gran concierto. Vengerov firmó una de las mejores versiones de Chaikovski que se recuerdan en esta sala. Chung ratificó su maestría tanto al acompañar como al gobernar el volcán stravinskiano. La Filarmónica de Tokio demostró oficio y brillo, con margen para un color más hondo. La suma se impuso. Música que hace presente lo irrepetible.

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