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El Tiempo Y La Verdad De La Orquesta De La RAI

El tiempo y la verdad de la orquesta de la RAI

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     NOV. 5, 2025 (Foto: ©Toni Bofill)

El 3 de noviembre de 2025 el Palau de la Música Catalana reunió a la Orchestra Sinfonica Nazionale della RAI con Andrés Orozco-Estrada en el podio y Michael Barenboim como solista. La velada comenzó con una grieta en la ceremonia. Más de diez minutos de retraso que recordaron una verdad incómoda. El tiempo del público forma parte de la obra y la música empieza cuando se dispone el silencio.

La Obertura de ‘Guillermo Tell’ de Gioachino Rossini restableció pronto la confianza. El solo inicial de violonchelo encontró en Luca Magariello un narrador de primer orden. Sonido pulcro, aliento amplio, vibrato sobrio y una elegancia sin fatiga que convirtió la cantilena en paisaje. La orquesta mostró un equilibrio natural entre secciones, un color terso en las maderas y una claridad rítmica que hizo volar la cabalgata final. La concertino de la noche, Eva Bindere, fue brújula discreta y precisa. Ataques pulidos, afinación luminosa, una manera de ordenar el conjunto desde la punta del arco que otorgó coherencia a toda la función.

El ‘Concierto para violín, nº 4 en Re mayor K 218’ presentó a Michael Barenboim en términos de corrección. Afinación fiable, centro tímbrico honesto, aunque con poco peso en el arco y portamentos que por momentos cargaron de gesto lo que pedía naturalidad. Las cadencias se resolvieron con inteligencia formal y exhibicionismo. El problema fue de enfoque. Los tres movimientos transcurrieron en tempos previsibles, de un conservadurismo que privó a la obra de su elasticidad juvenil. Mozart necesita ligereza con pensamiento y aquí se ofreció urbanidad sin brillo. La RAI acompañó con cortesía, pero la lectura se quedó a las puertas de la vivacidad.

Berlioz cambió la noche. Orozco-Estrada encontró el arco dramático de la ‘Sinfonía fantástica’ y la orquesta respondió con una disciplina ardiente. Las cuerdas ofrecieron cuerpo y transparencia, las maderas hablaron con intención, los metales rugieron con nobleza controlada. La marcha al suplicio avanzó con una clarividencia teatral que evitó la caricatura, el aquelarre final prendió con una electricidad que la sala reconoció como verdad. No hubo efecto vacío, hubo relato. Fue el momento en que el historicismo de texturas y la precisión de planos se plegaron a un propósito musical mayor.

La reseña de la noche queda en un balance elocuente. Un retraso que no debería repetirse, un Mozart demasiado cortés, y un Berlioz que justificó el viaje. Cuando la etiqueta se convierte en música, el concierto respira. Cuando la música se queda en etiqueta, el tiempo pesa. Aquí triunfó finalmente la orquesta, sostenida por una concertino ejemplar y un violonchelista que firmó uno de los instantes más bellos del programa, bajo una batuta que supo encontrar, al menos en la segunda mitad, el pulso de lo necesario.

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