El nacimiento de un festival
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ SEP. 21, 2025 (Fotos: ©Beth Magre)
El Recinto Modernista de Sant Pau abrió sus puertas a un nacimiento musical que la ciudad necesitaba. En plena antesala de temporada, cuando el Palau y el Liceu aún calientan motores y Barcelona rebosa visitantes, el nuevo Festival Sant Pau apareció como un oasis de excelencia y cercanía. No fue solo una semana de conciertos, fue la promesa de una casa para la gran música en semanas huérfanas de agenda, un gesto de confianza en la capacidad de la ciudad para escuchar con atención incluso en tiempos de ruido. Detrás de la apuesta se adivina la mano de un músico y director artístico con pulso y visión, David Abrahamyan, cuyo empeño ha tejido complicidades y ha convocado a intérpretes de primer nivel.
La velada del 20 de septiembre se abrió camino con el Trío para piano en do menor Op. 8 de Shostakovich, escrito en la juventud ardiente del compositor. Dmitri Ishkhanov mostró un pianismo dúctil y febril a la vez, capaz de cincelar el staccato con limpieza sin ahogar la línea. Daishin Kashimoto cantó el violín con una mezcla de filo y lirismo que recordó que esta música late entre la ironía y la confesión, mientras Alexander Chaushian sostuvo el discurso desde un cello de madera honda y vibración noble. Hubo transparencia en el entramado y, sobre todo, una respiración compartida que convirtió las síncopas en pensamiento musical y no en mero efecto. El nivel de los tres fue extraordinario, con esa autoridad que no necesita levantar la voz para hacerse sentir.

El viaje cambió de latitud con páginas de Porgy and Bess de Gershwin, y el Recinto se llenó de colores que la partitura imagina entre Broadway y el puerto de Charleston. Kashimoto hiló líneas de seda sobre la calidez de Joaquín Riquelme, mientras Bruno Hurtado dio al cello un pulso que respiraba blues sin caricatura. Yamila Pedrosa asentó el contrabajo como cimiento elástico, Vicente Alberola dejó en el aire un clarinete que parecía hablar en confidencia, Nury Guarnaschelli firmó frases de trompa de terciopelo y Ria Ideta desplegó una marimba de transparencia líquida, realzando acentos y sombras con una elegancia que amplió el timbre sin cargarlo. La fusión de temperamentos fue ejemplar, prueba de un oficio camerístico que entiende el swing como gramática y no como gesto superficial.
El Octeto en mi bemol mayor Op. 20 de Mendelssohn coronó la noche con esa mezcla de juventud impetuosa y arquitectura clásica que lo hace inagotable. Boris Brovtsyn y Kashimoto dialogaron como dos corrientes de un mismo río, Fabiana D’Auria y Sumina Studer aportaron brillo sin estridencia, Diemut Poppen y Riquelme sostuvieron el corazón de la textura con una nobleza que nunca buscó protagonismo, y los cellos de Chaushian y Jing Zhao articularon un bajo cantabile de impecable entonación. El Scherzo tuvo esa ligereza alada que parece no tocar el suelo, el Finale avanzó con electricidad contenida y la polifonía se mantuvo siempre legible. La palabra que mejor describe el conjunto es excelencia, una excelencia colectiva y no individual, de la que raras veces se disfruta con tanta evidencia.

Tras el concierto, la conversación se prolongó en la mesa. Compartir cena con los intérpretes fue un privilegio y una confirmación. Hablamos de las orquestas en las que algunos trabajan, de la Filarmónica de Berlín a la Mahler Chamber Orchestra, de cómo el rigor cotidiano se traduce en una libertad mayor cuando se hace música de cámara, de por qué los festivales deben cultivar el encuentro entre artistas y prensa más allá del escenario. Ese hilo humano explica por qué noches como esta dejan huella.
Primera edición significa ilusión y también pequeños ajustes por pulir. Nada que empañe un comienzo luminoso ni que no se resuelva con la misma seriedad que ya se escuchó en el escenario. Barcelona necesita ofertas culturales de alto nivel en verano y en los intersticios del calendario, necesita lugares donde la excelencia no sea excepción sino costumbre. El Festival Sant Pau acaba de decir que está dispuesto a ser uno de esos lugares. Ojalá la ciudad lo abrace como ya lo ha hecho la música.
